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domingo, 12 de junio de 2011

Ni yo soy tan pequeña ni las lágrimas tan saladas.

Me prometí no escribirte más, porque a los muertos no se les escribe cartas, se les recuerda o se les olvida y ya. Pero ahora entiendo por qué llevo todos estos días tan nostálgica. Eras tú.

Nunca fui capaz de recordar este día. Siempre me acordaba un poco antes o un poco después, pero jamás fui capaz de regalarte un momento el mismo día en que te fuiste. Quizá sea un mecanismo de mi memoria para protegerme de amenazas tristes. Y hoy, por una pequeña alegría, te he recordado. Por primera vez en estos 9 años soy capaz de pensar en ti en presente, como si fuera ese mismo día. Porque para ti no existe más tiempo que aquel.

Los muertos son atemporales, anclados en el aire del día en que murieron. Haciendo ese mismo recorrido una y otra vez, volviendo del trabajo continuamente, conduciendo sin parar, haciendo esperar a sus seres queridos eternamente.

Sin retorno, atrapados en un enjambre de minutero roto, quedan cristalizados ya para siempre.



Rocío

viernes, 10 de junio de 2011

Las mil grullas de Sadako.


La primera vez que oí hablar sobre la tradición de las mil grullas de Japón fue hace algunos años; calculo que tendría unos 8 o 9. En mi libro de lectura venía un fragmento de un cuento, Sadako y las mil grullas de papel. Por lo general las lecturas del libro eran bastante "tontas" y anodinas para mi gusto, pero aquel fragmento me gustó mucho y aún hoy recuerdo perfectamente lo que decía e incluso la ilustración que lo acompañaba.

Dice la leyenda que si haces mil grullas de papel y las atas con unas cuerdecitas, se te concede un deseo, por lo general, te cura cuando estás enfermo. En mi libro se contaba la historia de Sadako, enferma de cáncer a raíz de la explosión de Hiroshima.
Su amiga Chizuko va a visitarla al hospital y le cuenta la historia de las mil grullas. Deciden por eso hacerlas, pero Sadako muere antes de poder completar las 1.000, cuando aún sólo tenía 644.

Recuerdo haber llorado leyendo este cuento. Era pequeña y me daba mucha pena que la niña se muriera, que no le hubiera dado tiempo a hacer las 1.000 grullas, convencida como estaba yo por aquel entonces, que los mil pajaritos de papel habrían curado a Sadako.
Después de leer la historia le pedí a mi abuelo que me enseñara a hacer grullas, pero me pareció complicadísimo y no conseguía hacer ni una bien, así que opté por suplicarle que si algún día yo enfermaba hiciera él las mil grullas por mí.

Llevo unos días muy nostálgica, quizá por eso me acordé de esta historia o quizá sea porque creo que la buena suerte ha vuelto. Porque creo que existe la felicidad concentrada y los recuerdos suaves que no alteran. O acaso sea porque aún no sé hacer grullas de papel.



Rocío