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lunes, 28 de noviembre de 2011

Rara avis.



A Rocío, sin jaulas.


Se desnudó.
Dejó atrás sus vestiduras
de presidio y voló
más allá de su propia sombra.
Trepó desde el silencio
hasta el alféizar de mi noche.
Y allí se posó: cantando
palabras repletas de avidez
y juventud, impúdicos
vocablos embriagados
por el néctar de mil y una
locuras; herejías provenientes
de quién sabe qué cielo.
Fue así como llegó
hasta mí el trino de sus alas,
el verde batir de sus ojos,
sus plumas engastadas
en la piel de una sonrisa.
Incasable, se derrama
sobre las palmas abiertas
de las hojas, con la voracidad
del llanto
de un delirio recién nacido.
Se entretiene jugando
a contar cada pliegue de las olas
y se empeña en traducir esas
conversaciones que en secreto
mantiene el viento con los recodos
más remotos de la tarde.
Anidaste en la rama de mis horas.
Picoteas la ternura
como quien comete un crimen
atroz y pasional. Y aunque
tu canto se escriba desolador
como los páramos de Comala,
de la tierra en la que siembras
universos,
cicatrices
y demás criaturas,
brota el árbol de las frutas
más deliciosamente prohibidas.
Vuela, ave libre...
Sé que no hay jaula
en la que quepan tus sueños.
No olvides que un día
anidaste en la rama de mis horas.
No dudes de que, entre
la fronda de mis incertidumbres,
hallarán siempre cobijo tus palabras
y tus silencios.


Héctor Vargas Ruiz.




Esto es lo que ocurre si es tu cumpleaños y tienes un amigo que escribe así de bonito y es detallista.