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viernes, 18 de mayo de 2012

Un quíntuple de infinito.


Amé todas las pérdidas.
Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.

Antonio Gamoneda



He estado tan ocupada que me había olvidado de ti. De tu cumpleaños. De tu patio encalado lleno de macetas. De tu patio, que era tuyo pero también mío y de Machado. Y de mis pies pequeños correteando de un lado para otro. 

Me olvidé de la infancia que yo imaginaba para ti. Te imaginaba creciendo fuerte y larguirucho, rubio, tostado por el sol de una meseta castellana, en un pueblo pequeño donde todos se conocen, donde los ancianos se quitan la boina para saludar a las muchachas jóvenes. Me olvidé de tus juegos de canicas, de tus rodillas manchadas de polvo, de tus pantalones cortos y remendados, de la guerra que te sorprendió joven.

Pero he recordado, de casualidad y tarde, el número cinco que parecía perseguirte. Naciste el 5 de mayo, que también es el mes nº5, fuiste el quinto de siete hermanos y otras coincidencias más que ya no recuerdo. Y cuando me contabas esto, orgulloso, pensando que alguien tejía una bonita casualidad numérica contigo, reías mucho y tus ojos azules parecían las olas del mar. No sabes que convertí el 5 en mi número favorito desde ese mismo momento.

En la tierra, nos pesa demasiado la memoria. Tanto, que no podemos olvidar nunca a nadie del todo. Seguimos echándote de menos, como poco, un quíntuple de infinito.


Rocío.